Subida al Pic Jocelme. Alpes franceses.

Junio de 2020.

Amanece un nuevo día en el que como de costumbre, con nuestras mochilas cargadas de material e ilusión, emprendemos una nueva aventura en la montaña. A través de un valle salpicado de cascadas, subimos al refugio de Chabourneou donde pasaremos la noche, para al día siguiente, ascender al pico Jocelme, uno de los tresmiles de los Alpes franceses.

El suelo de madera cruje a nuestro paso, nos sentimos como en casa. Huele a bizcocho recién horneado. En la repisa de la cocina, al calor del hogar, reposan algunos libros antiguos y algo maltratados por el uso. Tomo uno de ellos, “Lande”. “Este libro me acompañará hoy en mi desvelo”, pienso. Guardamos nuestras cosas en la habitación y salimos de nuevo al calor del sol que a estas horas todavía calienta con fuerza. A lo lejos , el Jocelme con su manto blanco nos saluda arropado entre verdes prados. Mañana nos cederá un sitio en su trono de piedras. 

-“Soy principiante en el alpinismo“.  Le comento algo nerviosa a la guarda del refugio, que me sonríe con complicidad y trata de hacerse entender con su acento francés. 

-“Lo harás bien. Madrugad mucho y no corráis, id poco a poco, ¡el glaciar es muy largo y hay que guardar fuerzas para la vuelta! 

Esa noche duermo arropada por el susurro del viento que cruje en los ventanales del refugio, perdida en la lectura de mi nuevo libro que habla en francés de personajes ficticios, soñando con montañas y valles inventados. 

El despertador se apaga a las 3:30 cuando apenas ha sonado. Empiezan los preparativos. Como la ceremonia de un ritual nos vestimos en silencio y preparamos nuestras mochilas. 

-Have a good climbing! (¡Buena ascensión!) Nos susurra un alemán con una gran sonrisa, sorprendido al vernos levantados tan temprano, antes de volver de nuevo al cobijo de las mantas. 

Con la única visión de mis pies iluminados por la luz del frontal, zigzagueo adormilada por una ladera interminable. Cruzamos numerosos barrancos y trepamos algún repecho.

-“Espero no llevarme ninguna sorpresa cuando tengamos que regresar”, pienso para mis adentros.  Ahora no veo nada en la oscuridad, pero tal vez en la bajada el vértigo me juegue una mala pasada. “Bueno, no vamos a adelantar acontecimientos”. Me tranquilizo, y disfruto del compás de mi respiración agitada por el esfuerzo.  

El sol se alza entre las montañas y comienza a iluminar el valle cuando superamos los 700 metros de desnivel. A lo lejos puedo ver los primeros neveros rodeados de agujas de piedra que nos regalan un espectáculo multicolor. A través de este mundo colorido e inhóspito tocará buscar el corredor de acceso al glaciar superior. No es fácil moverse por este terreno; abundan las pendientes de piedra suelta y cada vez cuesta más ascender.  Un resbalón aquí podría hacernos rodar hasta los neveros de abajo. Los nervios llaman a mi puerta. ¡Es imposible avanzar por aquí! Despertamos a la bestia de la montaña que comienza a lanzarnos piedras desde lo alto. Voy a ponerme el casco por seguridad, y decide adelantarse a nosotros y bajar rodando hasta el fondo del valle, tal vez nos esté indicando el camino correcto.

-¡Maldita sea, por aquí no puede ser! ¡Vamos a intentar enganchar la nieve ya!

Debimos habernos calzado los crampones directamente al entrar en el valle y haber atravesado los neveros, pero inconscientemente buscamos el camino más limpio, sin nieve, que resultó ser un infierno del que ahora era un poco difícil salir.

Con mucho cuidado avanzamos por la inclinadísima pendiente de piedra suelta hasta que encontramos un sitio relativamente cómodo para calzarnos los crampones y bajar al valle por una pequeña lengua de nieve.

Ya estamos en terreno más seguro, ahora es muy cómodo avanzar por la blanca superficie del “glaciar de Surette” con los crampones puestos. La guarda del refugio nos había indicado que el corredor de acceso al “Glaciar du Jocelme” debía encontrarse sobre los 2900 metros de altitud. Miramos nuestro altímetro, ya debemos estar cerca.

Una vez localizado el canal helado, nos encordamos y comenzamos a ascender con cuidado por el… ¡Era mi primer corredor! Me encanta esa sensación de trepar a través de una pendiente helada… La aventura comienza a atraparme y me abandono a ella como a un plácido sueño. Izquierda, derecha… Izquierda, derecha…, rítmicamente voy clavando los piolets en la nieve. Noto el sudor resbalando por la espalda, el corazón palpitante debatiéndose entre la emoción y el esfuerzo. Miro hacia arriba y veo a mi compañero de cordada casi al final del corredor. Tras 130 metros de ascenso, ¡Ya casi lo tenemos!

Desembocamos en el glaciar superior que a esas horas brilla bajo un intenso sol de finales de Junio. A lo lejos asoma nuestro objetivo custodiado por afiladas crestas de piedra. ¡Ahí está el Jocelme! ¡Qué bonito es! Miro a mi alrededor y me parece increíble dónde me encuentro ahora mismo, rodeada de picos en un terreno inhóspito al que cuesta bastante esfuerzo llegar. Ya sólo queda un último empujón para poder contemplar los Alpes desde arriba. ¡Qué emoción!

La subida a través del glaciar es larga y exigente, ¡parece que no se avance nunca por el! Salimos del glaciar y entramos en terreno mixto. Decidimos dejar ahí las mochilas para poder subir más ligeros, pues ahora toca quitarse los crampones y trepar a través de las afiladas rocas. Empezamos a atravesar una ladera de nieve y roca en la que hay que poner bastante atención para no llevarse un susto. Empiezan a sudarme las manos de los nervios, pero veo la cima ahí mismo. No hay viento, el día es fantástico. ¡Venga que ya lo tengo! Con la seguridad que me da la cuerda, atravieso sin pensar la arista nevada que me deja a 3458 metros de altitud. Son las 11:00 pm. ¡Estoy en la cima del Jocelme!

Contemplamos la majestuosidad de esas montañas a nuestro alrededor… Estamos frente a la Barre des Ecrins, la Dôme de Neige… esos cuatromiles que te hacen vibrar… ¿subiremos algún día? Dios… cómo nos hace soñar la montaña, siempre hay nuevos objetivos que cumplir, siempre hay ilusión por explorar nuevos terrenos… Estamos felices. Ahora toca bajar con calma, el camino hasta el refugio es muy largo, y no queremos demorarnos mucho para que no transforme la nieve del glaciar, que a esas horas debe de estar ya bastante blanda.

En la bajada nos encontramos con un grupo de franceses que suben, son las únicas personas que nos hemos cruzado en todo el día. Nos saludan alegremente y tratan de hacerse entender en español. Intercambiamos algunas palabras y risas. ¡Nunca entenderé por qué tienen tan mala fama los franceses! A mí me parece gente muy educada y amable.

Ya estamos de nuevo atravesando los barrancos que habíamos cruzado a oscuras unas cuantas horas antes. ¡Dios, pero qué caminos de cabras son estos! Miro hacia abajo y veo que las caídas son considerables. ¡No mires para abajo, mira el camino! Ya has pasado por aquí y has subido al Jocelme, ¡No pasa nada! “Tienes equilibrio, eres fuerte, has subido por caminos difíciles, así que no tienes por qué tenerle miedo a una senda por la que es prácticamente imposible resbalar.”

Me tranquilizo a mi misma y me concentro en el camino y en la belleza del verdor de los valles. Abajo veo todavía pequeño el refugio de Chabourneou, al que llegamos pasadas las 4 de la tarde. El camino ha sido largo y agotador, el sol calienta con fuerza y comenzamos a quitarnos la ropa. ¡Nos merecemos un café y un trozo de esa deliciosa tarta casera! Tras esta merienda reponedora, terminamos de descender los últimos 400 metros de desnivel hasta el parking donde hemos dejado el coche. Este último tramo se hace durísimo por el calor, el peso y el cansancio acumulado, pero tras 12 horas de caminata, por fin hemos concluido con éxito la aventura. ¡Ahora toca descansar y reponer fuerzas para la siguiente!

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3 comentarios

  1. Me encanta la crónica y encuentro súper interesante como narras el aspecto psicológico del miedo, muchas veces irracional. Otras, no tanto. Muy bueno el “mira el camino, no las caídas”. Un saludo y esperamos más posts.

    1. ¡ Hola José! Muchas gracias por la respuesta. La verdad es que mis miedos a veces son irracionales , y muchas veces aparecen por martirizarme a mí misma mirando las posibles caidas, pero es algo que a base de experiencia voy controlando. ¡En mis crónicas seré lo más fiel posible a mis sensaciones ! ¡Me alegra que te haya gustado ! Gracias por leerme 🙂

  2. Fantástica aventura!! Yo también soy una montañera apasionada con miedo a las alturas, y en los lugares más expuestos, cuando siento miedo, me digo exactamente lo mismo!! Me digo “Puedes hacerlo, controla el miedo!!”, respiro profundo, miro al frente, y con el corazón a mil por hora y las manos sudando lo acabo superando!! No hay mayor satisfacción. Así que me siento totalemte identificada con lo que escribes. Eso sí, a esos montañones alpinos todavía no he llegado a ir, algún día…

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