Dôme de Neige: ¡Mi primer cuatromil!

-¿Refuge des Ecrins Bonjour?

-Bonjour, em… ¿podría por favor indicarme el estado del “Glacier Blanc” para subir a la Dôme de Neige? ¿Tiene muchas grietas visibles?

-No, no muchas, está en buen estado… Tal vez haya que saltar alguna grieta pero son pequeñas.

-Genial, ¿Y la Rimaya?

-La Rimaya está cerrada ahora mismo.

Miro de reojo a mi compañero y se me escapa una media sonrisa.

-De acuerdo, ¡Muchas gracias! Em… espera, espera! ¿Por casualidad tenéis sitio para dormir?

-No… Lo siento, ¡No hay plazas libres en toda la semana!

Cuelgo el teléfono con un cosquilleo en el estómago, miro a mi compañero con gran excitación:

-¡Nos vamos a la Dôme de Neige, está en las condiciones perfectas! El problema es que no hay sitio para dormir en el refugio… pero… ¿Y si subimos con nuestra tienda y vivaqueamos en los alrededores?

Nos emocionamos por unos momentos y lo visualizamos, hasta que comenzamos a materializarlo. Esto no estaba planeado… ¡Nuestro primer cuatromil, y en autosuficiencia! Tenemos que portear todo el material necesario para dos días… Será una ascensión bastante exigente por la longitud, la altitud y el peso de las mochilas, pero la aventura está asegurada.

-No pasa nada -Nos decimos- Podemos hacerlo, estamos acostumbrados a cargar muchos kilos a la espalda, llevamos varios días por aquí y estamos bien entrenados y aclimatados a la altitud.

Y así es como comenzamos esta aventura… Ahora estamos subiendo al Glacier Blanc cargados con una mochila que pesa en torno a 15 kilos, con todo lo necesario para hacer vivac. El sitio donde dormiremos es una incertidumbre, sólo sabemos que si logramos subir en estas condiciones a la Dôme de Neige va a ser épico.

No hemos madrugado mucho y a esas horas subimos acompañados de cientos de excursionistas que tienen como objetivo el pequeño Refuge du Glacier Blanc, que es una de las excursiones más conocidas de la zona.

El paisaje comienza a ser impresionante a medida que ganamos altura. Aparece ante nuestros ojos el monte Pelvoux que nos saluda desafiante entre glaciares.

-¡Menudo Montañón! Algún día habrá que subirlo…

Y es que es difícil que un montañero que ve el Pelvoux por primera vez no se enamore de él.

Monte Pelvoux

Ya estamos a la altura del Refuge du Glacier Blanc. Vemos un cartel indicando que, a partir de ahí, la senda es categorizada como alpinismo y no se recomienda adentrarse sin experiencia y equipo adecuados. Este es el camino que debemos tomar si queremos llegar al Refuge des Ecrins. El terreno se vuelve más agreste y salvaje, dejamos atrás la multitud, aunque muchos excursionistas se aventuran para ver las grietas del glaciar más cerca. Nosotros faldeamos por la morrena y se abre ante nosotros un universo de hielo plagado de grandes grietas. Las vistas son impresionantes… ¡Tengo tantas ganas de caminar por esa superficie helada! Ahora toca encordarse al compañero, pues de otra manera sería peligroso atravesar este laberinto de profundos y helados abismos.

Entrando al Glacier Blanc

Atravesamos poco a poco el glaciar siguiendo el camino de huellas bien marcadas en la nieve, sorteando alguna gran grieta que abre sus fauces dispuesta a devorar a cualquiera que se acerque más de la cuenta. Nos cruzamos con varios alpinistas que regresan victoriosos de alguna de las cimas de alrededor. Mañana nos tocará a nosotros. Los nervios empiezan a aflorar.

La concentración en la travesía glaciar es máxima. No puede uno despistarse para no tener la mala suerte de caer en algún agujero. Aunque las grietas no son muy visibles, no sabemos si estamos cruzando algún puente de nieve, así que toda precaución es poca. Andaba yo sumergida en mis pensamientos cuando levanto la mirada y la veo allí, a lo lejos, como una dama que se ha vestido para la ocasión, blanca e impoluta, me parece de una belleza descomunal… entre hileras de seracs desafiantes y salvajes. ¡La Dôme de Neige! El paisaje es abrumador… creo que no he estado en un lugar tan remoto y bello en mi vida. A esa altitud parece que estés en otro planeta, un planeta blanco que invita a ser explorado.

La Dôme de Neige hace su aparición

Ya estamos a la altura del Refuge des Ecins, construido sobre un montículo de rocas que hay que trepar para poder llegar hasta él. No tiene sentido ascender 100 metros de desnivel si no vamos a dormir ahí, así que comenzamos a analizar el terreno buscando algún lugar donde poner nuestra tienda. No hay sitios sobre la roca, como nos imaginábamos… Tocará improvisar un vivac sobre el glaciar. ¡Menuda experiencia! ¿Pasaremos frío?

Decidimos instalarnos en una zona más o menos llana junto a pequeños arroyos de agua que caen entre las rocas, donde podemos llenar nuestras cantimploras para beber y cocinar. El clima es perfecto. Son las cinco de la tarde y no hay viento, el sol todavía calienta aunque la atmósfera es gélida. A medida que pasan las horas comienza a bajar la temperatura considerablemente, el sol comienza poco a poco a desaparecer en el horizonte y los colores de las montañas se vuelven fríos. Nos reconfortamos con una sopa caliente y decidimos meternos en la tienda a descansar. Recostada dentro de la calidez del saco de dormir veo las montañas que tengo en frente cubiertas de nieve, los colores del atardecer van cambiando el paisaje… la niebla comienza a inundar el valle y el estruendo de los seracs al caer retumba como un eco que termina por adormecernos. Debemos levantarnos a las dos de la mañana y el día será largo.

Vistas a la Dôme de Neige desde la tienda de campaña

El despertador suena insistentemente rompiendo el silencio de la madrugada, pero yo ya estaba despierta. Ha sido una noche fría en la que no he conseguido entrar en calor. Creo que no llevaba suficiente abrigo para dormir a temperaturas por debajo de los cero grados. Aún así, pude descansar decentemente el cuerpo por unas horas.

La nieve está helada y es un poco incómodo preparar toda la logística en esas condiciones. Nos calzamos los crampones nada más salir de la tienda y preparamos un café caliente para terminar de despertarnos. El sonido del hornillo de gas nos relaja y caldea el ambiente. Terminamos de desayunar la poca comida que nos entra a esas horas y nos ponemos en marcha. Decidimos esconder el material que no vamos a necesitar entre unas rocas para recogerlo a la vuelta. Nos encordamos y comenzamos a caminar sobre el glaciar guiados por las huellas de la nieve y la luz del frontal, bajo un cielo cuajado de estrellas. La luz de la luna nos deja intuir el manto blanco que se extiende hasta la cima de nuestro objetivo. Somos los primeros en dirigirse a la cumbre de la Dôme de Neige, a lo lejos podemos distinguir la hilera de frontales de los alpinistas más madrugadores.

De camino a la Dôme de Neige en plena madrugada

Hemos elegido subir por la ruta alternativa a la clásica, bastante más empinada pero más segura con respecto a la caída de seracs, que son bastante frecuentes. La ascensión a través de las inclinadas pendientes es bastante exigente físicamente y en seguida entramos en calor. La lucha mental contra mis miedos también me agota y me siento vulnerable en ese terreno de pendientes heladas que desembocan en profundas simas y grietas.  Me sudan las manos, pero trato de clavar bien los crampones en la nieve y sujetar firmemente el piolet concentrándome únicamente en el camino, sin pensar en nada más, sin dejar que mis miedos afloren y me hagan querer abandonar.

No tardan en adelantarnos un par de cordadas de experimentados montañeros que fácilmente nos pasan unos veinte años, pero que llevan un ritmo que ya lo quisiéramos para nosotros. En seguida nos damos cuenta de que casi todas las cordadas llevan un guía y vemos cómo éstos meten prisa a sus clientes por ascender, sin permitirles apenas detenerse a coger aire. ¡Menudo estrés!

Mis pasos son constantes pero lentos, ya que la altitud, el poco descanso y la dureza del recorrido comienzan a notarse. Pero la montaña se encarga de compensar ese sufrimiento con un amanecer mágico. La tenue luz del sol madrugador se entremezcla con las nieblas matutinas sobre el glaciar y los picos de alrededor. El espectáculo está servido, pareciera que estamos perdidos en un paisaje blanco y dorado salpicado por agujeros negros que aparecen y desaparecen con el vaivén de las brumas matutinas. Los seracs brillan bajo la luz del nuevo día y todo a nuestro alrededor se torna de una belleza onírica.

La belleza del amanecer

Seguimos ascendiendo mientras disfrutamos de una belleza casi irreal. Miramos a nuestro alrededor y somos conscientes de que este paisaje brutalmente bello esconde peligros que no hay que subestimar.

A la altura del camino que faldea por la cara norte de la Barre des Ecrins, nos fijamos en una cordada de tres personas que se dirige al corredor que da acceso a su cima.  De repente, uno de los miembros del grupo resbala y cae quedando colgado a unos pocos centímetros de una gran grieta. Por suerte sus compañeros pueden detener la caída a tiempo, si no lo tres habrían acabado en el fondo del abismo. Menudo susto… Aunque el pico al que nos dirigimos nosotros carece de dificultad técnica, no hay que bajar la guardia…

Camino a la Dôme

Continuamos nuestra travesía a media ladera bajo la atenta mirada de la Barre des Ecrins. La ladera que vamos atravesando está bastante inclinada, pero tras varias horas de ascenso mi cabeza se ha hecho más fuerte y me he habituado a ese terreno. Aunque no puedo evitar mirarla de reojo y pensar en qué pasaría si me resbalo en ese momento… “cállate”, le ordeno a mi mente, y sigo concentrándome únicamente en el camino.

La Rimaya está ya cerca, puedo ver a lo lejos la fila de montañeros tratando de cruzarla. La Rimaya suele ser un punto delicado en esta ascensión dependiendo de su estado. Si está muy abierta, hay que escalarla con su correspondiente exposición al vacío y habilidad necesaria para superarla con éxito. Si está cerrada, como en este caso, consiste en cruzar un estrecho puente de nieve que no deja de impresionar, ya que a ambos lados podemos ver las fauces del vacío.

Una vez superado este paso, la pendiente se hace más fuerte y los pasos aquí deben ser firmes y decididos, pues un resbalón se encargaría de regalarte una visita gratuita a esta enorme grieta. Es en este punto donde peor lo paso y avanzo con cierto miedo, tratando de clavar bien el piolet en la nieve que a esas horas de la mañana ya comienza a transformar. El resto de montañeros ascienden por aquí muy tranquilos, o eso me lo parece, y yo me siento tan frágil… Me giro nerviosa buscando la mirada tranquilizadora de alguien que vaya detrás de mí, y un italiano me sonríe y me anima: ¡Ya casi estás!

A unos pocos metros de la cima, mientras me concentro en no tropezar, soy consciente de que estoy a punto de pisar la cúpula nevada de la Dôme de Neige que se asoma sobre el resto de montañas alpinas presumiendo de su altitud. Yo, una persona llena de miedos e inseguridades, que dudaba que algún día fuera capaz de pisar un tresmil siquiera, estaba a punto de cruzar la barrera de los cuatromiles por primera vez. Entonces mis ojos se humedecen por la emoción y avanzo los últimos pasos mientras alzo mi piolet triunfante. Una vez más, ¡Lo he conseguido!

¡En la cima de la Dôme de Neige!

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4 comentarios

  1. Hola Yoli,
    ¡¡¡Enhorabuena por esa ascensión!!!. Como dices, si ya es emocionante subir a un 3.000 m., el pasar los 4.000 m. debe ser todavía más excitante….como excitante y pegado al texto me has tenido durante todo el rato que lo he leído je,je.
    Muy bien explicado y con una emoción que hace que uno mismo, desde la pantalla de ordenador, se sienta casi subiendo detrás tuyo.
    ¡Muy buen relato!
    Un saludo

    1. ¡Hola Rafa! Muchas gracias por tu comentario, me alegra que te haya gustado! La verdad que subir un cuatromil es un ventura emocionante, y más el primero! Jeje. Espero que vengan muchos más ☺️

  2. Que emocionante es superar tus propios miedos y conseguir lo que anhelas. ¡Enhorabuena!.

    1. Muchas gracias Silvia ! ☺️☺️

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