La Grande Ruine: no hacer cima no es fracasar.

Los días de gloría por los Alpes franceses llegaban a su fin. Después de las peripecias de los días anteriores subiendo al pic de Gioberney, pic Jocelme y Dôme de Neige, queríamos tomarnos unos días de “relax” a nuestra manera. Entiéndase por “relax” a realizar largas rutas de montaña pero sin grandes pretensiones más allá de llegar a algún refugio de altura o lago glaciar. Descansaríamos de las grandes altitudes y del desgaste físico que suponía ascender a los picos más altos de los Ecrins.

Sin embargo, nuestro espíritu aventurero siempre acaba siendo más fuerte que el cansancio físico, así que cuando consultamos nuestro libro de rutas para informarnos sobre la subida al refugio de Adèle Planchard y vimos que en los alrededores había tresmiles muy interesantes, el corazón comenzó otra vez a latir con fuerza: “Ya estamos liaos otra vez”, como solemos decir.

Llevábamos varios días bromeando y fantaseando con lo épico que sería subir la Grande Ruine como colofón final a nuestro viaje. Pensábamos que estaríamos demasiado cansados después de haber ascendido con éxito los tres picos que teníamos planificados en los Ecrins. Sin embargo, tras haber descansado de la ascensión a la Dôme de Neige, nuestra sed de aventura nos martirizaría de nuevo y no nos dejaría relajarnos por los verdes valles, ¡había que explorar las alturas de nuevo!

ASCENSIÓN AL REFUGIO DE ADÈLE PLANCHARD

Allí estábamos de nuevo, con nuestras mochilas cargadas hasta arriba de material y con una voluntad de hierro, dispuestos a superar con todo el peso los 1500 metros de desnivel que separan el parking del comienzo con el refugio de Adèle Planchard. No nos esperábamos la larga y exigente subida que estábamos a punto de afrontar.

Subida al refugio Adèle Planchard

Comenzamos nuestra peripecia ascendiendo suavemente por herbosas laderas, compartiendo camino con el burro que sube las provisiones hasta el refugio más cercano. Tras una hora de ascenso por la ancha senda entramos en un largo y bonito valle que parece sacado de un libro de Tolkien, por el que caminamos sin apenas desnivel cerca de unas dos horas. Hemos andado ya bastantes kilómetros y todavía no hemos ganado mucha altura, lo que nos hace suponer que estará todo el desnivel acumulado al final, y suponíamos bien…

Nos cruzamos con una pareja de veteranos montañeros de unos 70 años que se interesan por nuestra actividad y nos dan ánimos para la subida al refugio, pues según dicen es una subida bastante larga y exigente que solían realizar varias veces en el pasado y para la que actualmente ya no están preparados. Sus ojos reflejan la nostalgia de la juventud en la que ascendían míticas cumbres alpinas plagadas de aventuras. Ahora se conforman con llegar al nacimiento del río que serpentea a lo largo del valle y que es el destino final de muchos excursionistas con los que estamos compartiendo camino.

Nos señalan animadamente la senda que tenemos que seguir nosotros y que se pierde entre neveros de altura y terrenos escarpados, introduciéndose entre grandes picos nevados. Está claro que nos espera un largo camino hasta llegar arriba.

Abandonamos el valle y comenzamos a ganar altitud atravesando varios barrancos. La senda comienza a estrecharse y a zigzaguear superando el desnivel poco a poco, y mi vértigo comienza a aflorar a medida que gano altura y soy consciente de las caídas que vamos dejando a nuestro paso. Por suerte, en cada curva de la ascensión puedo respirar tranquila pues la senda no es igual de vertiginosa en todos los tramos. Mi cabeza es así. Puedo aguantar unos metros de relativa exposición si se que después vendrá un tramo donde podré respirar tranquilamente sin agobiarme por el vacío. Nos adelanta una pareja acompañada por su hija adolescente. Ellos caminan tan tranquilos… Y los miro con envidia. Ojalá yo tuviera esa calma en la montaña.

Atravesamos varios tramos tallados en la roca donde han colocado una sirga a la que uno puede agarrarse para cruzar con más seguridad. Sujeto fuertemente esta sirga y trato de no mirar hacia abajo. La senda es bastante empinada y asciende sin tregua por el escarpado camino, pero a mi lo que me agota no es el desnivel, sino la lucha psicológica contra el miedo a las caídas.

Por fin salimos de los barrancos y me relajo mentalmente. ¡Qué paz! Ya visualizamos el refugio a lo lejos, en lo alto de blancas lomas que todavía tenemos que subir. Los pasos son cada vez más lentos y pesados mientras ascendemos por la nieve y el refugio parece alejarse cada vez más. Este tramo es realmente duro y tiramos de la cabeza, más que del físico. Y por fin, tras cinco horas de ascenso, estamos en el refugio Adèle Planchard a 3169 metros de altitud.

NOCHE EN EL REFUGIO DE ADÈLE PLANCHARD

El refugio está enclavado en un paisaje impactante con vistas a la Dôme de Neige y la Barre des Ecrins, así como a los picos que conforman el circo de la Grande Ruine, hacia los que nos dirigiremos al día siguiente. Coincidimos en que es la ruta de aproximación más dura que hemos hecho hasta ahora, pues los 1500 metros de desnivel están prácticamente acumulados hacia el final de la ruta, y la nieve lo termina de complicar todo mucho más.

El guarda del refugio nos recibe con una sonrisa y nos enseña la habitación donde vamos a dormir. Sin duda es el refugio más minimalista en el que hemos estado, pues no hay agua corriente con la que poder lavarnos al menos las manos, y debemos comprarla a precio de oro para poder beber. Nos extraña mucho que no haya agua sin tratar con la cantidad de glaciares que hay alrededor.

A las 7 de la tarde se sirve la cena en el refugio. Los grupos comparten un caldero de sopa y otros alimentos. Nosotros hemos fundido nieve en nuestro hornillo y calentamos unos sobres de arroz precocinado que devoramos a pesar de su insulso sabor. El guarda del refugio nos informa a todos sobre la previsión meteorológica del día siguiente. Se espera un día soleado y bastante cálido, así que debemos madrugar mucho como de costumbre.

Tras la cena, estudiamos el croquis de subida a la Grande Ruine una y otra vez tratando de memorizar dónde se encuentra el corredor, que es la vía de ascenso que nosotros hemos elegido para esta montaña. A nuestro alrededor, los murmullos del resto de montañeros comienzan a ser cada vez más suaves hasta que nos percatamos de que nos hemos quedado solos en la sala. Es hora de dormir.

Hace bastante frío en la habitación y agradecemos haber traído los sacos de invierno. Es la última noche que pasamos en un refugio de montaña, la última noche de sensaciones mezcladas de miedo y excitación, de ganas de aventura, de sueños helados, de la compañía de un viento incontrolado…

A las tres de la mañana suena el despertador y hoy más que nunca cuesta abandonar la calidez del saco de dormir. Tras los preparativos de rigor abandonamos la seguridad del refugio y nos dejamos abrazar por la calma de la madrugada glaciar. En nuestra marcha hacia la cumbre seguimos los pasos de un grupo de escaladores que tienen la intención de realizar la vía llamada “La noche de los refugios”. ¡Qué épico suena el nombre! Y es que la montaña te hace sentir como parte de un relato de aventuras de ciencia ficción.

Amanece en la subida a la Grande Ruine.

Cuesta orientarse en la oscuridad de la noche y por un momento dudamos sobre el camino que tenemos que tomar nosotros para subir a la Grande Ruine por su vía normal. Los escaladores nos indican que tenemos que retroceder sobre nuestros pasos y continuar hacia arriba por la pendiente más inclinada. Nos sorprende un increíble amanecer jadeando por aquellas helados parajes. Es imposible no darse la vuelta una y otra vez para admirar la belleza de la Dôme de Neige que hemos subido días atrás, y que ese día luce especialmente bonita.

Me sorprende el buen ritmo de ascenso que llevamos tras tantos días de dura actividad física, y sobre todo tras la paliza del día anterior subiendo al refugio. ¡Nuestro cuerpo se ha hecho de hierro! Como una pareja de titanes inmersos en una épica búsqueda clavamos con fiereza los crampones a un ritmo descomunal sin perder de vista nuestro objetivo.

Una pareja de rubios austriacos nos confirma que estamos en el camino correcto y avanzamos detrás de ellos por la inclinada pendiente. El camino asciende diagonalmente hacia unas rocas tras las que supuestamente se esconde el corredor de acceso a la cima. Me quedo paralizada por el miedo, ya que la inclinación de la pendiente es bastante fuerte y además desemboca en una gran grieta, así que mi compañero se adelanta para poder asegurarme desde las rocas. Yo le espero en el camino con los piolets bien clavados en la nieve y tratando de no mirar hacia abajo. Empiezo a agotarme psicológicamente.

Subiendo a la Grande Ruine

Una vez asegurada, avanzo con decisión hacia las rocas en busca de mi compañero. ¿Ahora toca trepar en terreno mixto? No me lo puedo creer… A pesar de tener un quinto grado en escalada, no tengo experiencia en trepadas en roca y nieve con crampones, ¿Dónde están mis queridos pies de gato?

Estoy temblando. Me gustaría guardar el piolet en la mochila para trepar con más comodidad, pero tengo tanto miedo a las alturas que me cuesta soltarme de la roca a la que estoy agarrada. Mis ojos se pasean nerviosos una y otra vez por esas afiladas rocas, por la nieve reblandecida, la inclinada y helada ladera que tengo debajo y que desemboca en el abismo…

Mi compañero trepa con soltura mientras le observo con admiración. Supera ese paso sin problemas hasta que lo pierdo de vista. Debe de andar buscando otro lugar donde asegurarme. Desde mi posición no consigo ver lo que hay tras estas rocas e ingenua de mi pienso que es el último tramo con dificultad antes de llegar al corredor.

Mi compañero tira de la cuerda y me sujeta firmemente, no puedo verlo pero le escucho: “¡Ya puedes subir!”

Con las manos temblorosas comienzo a trepar como puedo. Me siento tan torpe en ese terreno… No puedo evitar pensar en cómo voy a bajar de ahí… Mi cabeza comienza a llenarse de ruido y no consigo silenciarla, esta vez no… esta vez no quiere callarse… ¡Es superior a mi!

Un pie aquí, una mano allá, los crampones agarran bien pero estoy temblando. Tras un par de minutos que se me hacen eternos consigo salir a terreno despejado. ¡He superado el paso! ¡Seguro que ya está el corredor aquí! Pero no, esto no había hecho mas que empezar…

Levanto la mirada y veo que mi compañero me está esperando en una repisa donde comienza otra trepada todavía más vertical y más larga que la anterior, aderezada con vistas al vacío. Además, para llegar a ella tengo que caminar por un estrecho tramo de nieve con una gran caída hacia la izquierda que me haría volar sobre el valle.

Basta, no puedo más. Quiero darme la vuelta. 100 metros me separan de la cumbre, pero para mi ya es suficiente. Estoy agotada psicológicamente, no me veo con fuerzas de trepar ese tramo con los crampones y decido que es hora de bajar. Estamos perdiendo demasiado tiempo y la nieve está cada vez más blanda, no quiero arriesgar tanto en una bajada que parece delicada.

Comenzamos a deshacer el camino con cuidado. Bajar es todavía más complicado y peligroso… La nieve ha reblandecido y los crampones no agarran bien, el pie se hunde a cada paso entre nieve y roca, ¡qué difícil es esto para mi! Además ahora tengo la caída por la ladera a la vista y todavía me cuesta más.

Una vez en terreno seguro, miro el camino que voy dejando atrás y no me arrepiento en absoluto de la decisión que he tomado. ¡Esta cima no es para mi! Todavía… Falta mucha práctica, falta mucho por aprender… pero esto me da alas para seguir queriendo mejorar, para seguir hacia adelante en esto del alpinismo…

Bajando de la Grande Ruine

En lugar de sentirme fracasada por haber renunciado a la cima, me siento orgullosa por haber llegado hasta donde he llegado. La Grande Ruine no estaba entre nuestros planes iniciales, ya habíamos coronado tres cumbres con éxito, ya había hecho mis primeros pinitos en el alpinismo sin contratiempos y me había sentido muy feliz por ello.. así que no podía dejar que cien simples metros me dejaran con mal sabor de boca.

En la montaña, como en la vida, hay que aprender de todos los caminos andados nos hayan llevado o no al destino deseando. Aunque parezcan vacíos, esos caminos esconden un aprendizaje que nos hará crecer internamente aunque no nos demos cuenta. Esas cuestas inclinadas que nos han hecho sudar, esos pequeños obstáculos que hemos ido poco a poco vadeando, han fortalecido nuestras piernas y nuestra mente, y si no dejamos de caminar, si no nos rendimos, seguro que tarde o temprano alcanzaremos nuestro destino.

La Grande Ruine no me dejó ver su cima, pero me dejó andar su camino, me dejó aprender de ella, me puso obstáculos que superé, y bajé más fortalecida y con más sabiduría, por eso es una reliquia más en mi vitrina de éxitos de superación. Y allí me está esperando para cuando decida volver a aventurarme en sus caminos, pues ella es eterna.

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