Recuperación de una fractura de tobillo: El regreso a las montañas

El verano se dejó caer en brazos del otoño y mis alegrías fueron desprendiéndose poco a poco acompañando las hojas de los árboles, muriendo en el festival colorido de la naturaleza de octubre.

Imaginaba una y otra vez esa explosión de color que habría en los bosques mientras pasaban los días y con ellos mis ilusiones dormidas.

Y como un suspiro que se llevó el viento, de pronto el otoño empezó a dormitar en el letargo del invierno que pinta de blanco las cumbres cercanas. Y cuando la tierra se prepara para sumergirse en el largo sueño del silencioso y oscuro diciembre, yo empiezo poco a poco a salir del cascarón, como un pajarillo que abandona con cautela el nido dando trompicones con sus frágiles alas y preparándose para dar sus primeros vuelos.

Me interno en el frío bosque dando pequeños pasos y sintiendo ese dolor que me recuerda que hace tres meses nada volvió al ser igual. Ayudándome de los bastones y con gran coraje supero el desnivel que poco a poco me acerca un poco más a las montañas nevadas de la sierra de Andía.

Y de pronto levanto la cabeza y las veo… La nieve ha llegado con fuerza a estas montañas y el paisaje me envuelve con su silencio y belleza. Me encanta la montaña en invierno, pues la sensación de soledad es única.

Bajo un blanco cielo emprendo el camino de bajada agradecida de poder volver a estos lugares. Los copos de nieve me cubren, siento el gélido frío en la cara y siento que estoy viva de nuevo. El invierno ha llegado, y con el, mi regreso a la montaña.

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